Sobre la música moderna

Hace unos días pregunté a un grupo de amigos si les gustaría conocer un poco más acerca de la música, y de los temas sobre los que querrían aprender.

Uno de ellos se emocionó, y me dijo que le encanta la música contemporánea y que quiere comprender más como esa música parece estar enfrentada con la música clásica, y qué valores la sostienen. ¡El tema está buenísimo!

Para empezar, explico un poco lo que quiero decir con “parece estar enfrentada” y con “clásica”, ambos conceptos entre comillas. En apariencia, son polos opuestos porque las formas de utilizar los recursos para componer (las notas, los ritmos, los instrumentos musicales, etc.) son diferentes de como los usaron compositores como Bach, Beethoven o Mozart, tres de los compositores más emblemáticos. Por ejemplo, y explicado de manera muy básica, estos maestros usaron fundamentalmente armonías basadas en acordes (un acorde es cuando dos o más notas diferentes suenan al mismo tiempo) con tres o cuatro notas. Por otro lado, a partir de finales del Siglo XIX, algunos compositores han utilizado acordes con hasta 10 u 11 notas. Para hacer una comparación con un medio visual:

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Detalle de La Lechera (1658-1660), de Johannes Vermeer (i), y detalle de Retrato de Daniel-Henry Kahnweiler (1910), de Pablo Picasso. Uso distinto de los mismos recursos.

pensemos en una pintura con colores muy simples y formas definidas, en contraste con pinturas con saturación de colores, e incluso colores superpuestos; no obstante, los bloques fundamentales con los que se construye la pintura (los colores) son los mismos. Dependiendo del artista y la época, y las modas de sus días, los usaron diferente.

Por el otro lado, vale la aclaración del término “clásica”. Para empezar, música es música, y en todas las épocas ha habido una variedad enorme de músicas, que se pueden resumir en la forma en que iban a ser usadas: desde inicios de los tiempos, ha habido música para bailar, para cantar, o para ir a la guerra, para marchar. Los usos se podían mezclar (podía haber una danza con canto, o incluso canciones en ritmo de marcha, como hizo Mahler). Lo que ha cambiado son los instrumentos para los que se compone, y se han adaptado recursos modernos a las formas tradicionales. Podríamos decir que los compositores nos han brindado su propia interpretación de las estructuras tradicionales. En fin, “clásico” se refiere a un período de la música que va desde más o menos 1750 hasta 1810. Los límites temporales en la historia de la música nunca son definitivos, y más bien hay que entenderla como una evolución constante, con puntos en común entre los estilos de los compositores del mismo período. Y lo que ha trascendido en todas las épocas son las músicas, tanto de expresiones populares como de entornos más exclusivos, como las cortes y palacios, de mejor factura y que expresan más a fondo las inexplicables emociones humanas. La principal razón por la que esas músicas que consideramos clásicas son reconocidas, y esto es algo fundamental a tener en cuenta, es porque quedaron registradas de alguna manera: la escritura y, ya en épocas más recientes, las grabaciones fonográficas. Con toda seguridad, hubo en épocas de Mozart músicos increíbles de los que no sabemos nada porque no escribieron sus obras; sabemos que Beethoven fue un improvisador como pocos gracias a las crónicas de personas que lo escucharon, pero nunca podremos escucharlo en una grabación. Y en la actualidad, consideramos incluso grupos de rock “clásicos” gracias a las grabaciones que hicieron y lo que representaron en una época, y no tanto por las partituras de sus obras. Piensen por un momento en que los Beatles nunca hubieran grabado un disco. ¿Tendrían el mismo impacto aún hoy?

Ahora sí, vamos con la música contemporánea…

Como mencioné antes, esta música no es tan lejana de la música de épocas anteriores. Simplemente los compositores han usado los mismos recursos existentes de otra manera, incluso desafiando las tendencias anteriores, a veces tomando lo mejor de diversos períodos y regiones y combinándolos. Una vez, en clase de historia musical, analizando el último movimiento del Concierto de Brandenburgo N°5, de J. S. Bach, mi profesor dijo: “En la obra, Bach combina una giga, que es una danza irlandesa, con una fuga, que es un estilo de composición alemán (básicamente, un instrumento comienza y los demás parecen perseguirlo), con el género de concerto grosso, que es de origen italiano. Si hay una palabra para definir a Bach es “ecléctico”, porque tomó cosas de diferente procedencia, las combinó y las mejoró.” Los invito a pausar la lectura por un momento, y escuchar esta obra aquí.

La música, y todo en la vida, está basado en contrastes, que al final pueden producir momentos de calma o de tensión. Pasa en los sistemas políticos, los sistemas económicos, las relaciones personales y profesionales, y por supuesto la música no escapa a esto. De hecho, el flujo de la música se basa completamente en este concepto: se inicia una obra, se conduce a momentos de incertidumbre que necesitan una resolución, y la obra llega a una solución para esos conflictos. Es un estira-y-enconge sin cesar. La forma en cómo los compositores logran este fluir es de lo más variada, y los mejores logran mantener el interés nuestro como oyentes en la medida que llegan a soluciones que no nos imaginábamos. Una obra ideal para comprender esta ambivalencia entre el reposo y la tensión en la música (sobre todo esta última) es la 5ta Sinfonía de Beethoven, cuyo primer movimiento también pueden escuchar aquí.

Diseño sin título (2)Ese juego de buscar constantemente nuevos problemas y encontrar soluciones, principalmente en términos armónicos (la forma en como se organizan los sonidos simultáneos, en una dimensión vertical), melódicos (la forma en como se organizan los sonidos consecutivos, en una dimensión horizontal), y rítmicos (la duración de las diferentes notas y su relación con la velocidad con que fluye la música), es un valor en común entre la música contemporánea y la de épocas más antiguas.

Una cosa que se considera contraste entre lo antiguo y lo moderno, en algunas ocasiones, es que la música (y las artes) de épocas pasadas era bella, y la de la actualidad es tosca y chocante, y más bien produce incomodidad. Yo no me atrevería a calificarla en esos términos. La realidad es que ya nos hemos acostumbrado a ciertas sonoridades que ahora nos parecen normales, y aún no son familiares los nuevos ambientes y colores de algunas manifestaciones de la música moderna. En su época, la música de Bach llegó a ser despreciada por su complejidad, Mozart desafió a la élite musical de sus días con el “Cuarteto de las Disonancias” (N°19, KV.465), choques sonoros entre notas, que ahora nos parecen normales, y las sinfonias de Beethoven fueron consideradas demasiado ruidosas. Dicho sea de paso, la música de esos compositores también fue moderna alguna vez, y también provocó incomodidades, incluso políticas. Volviendo al ejemplo de Mozart, comento rápidamente dos obras maestras de su legado: la ópera “Las Bodas de Fígaro” está basada en la pieza teatral homónima de Beaumarchais, y era una crítica directa al derecho real que permitía al monarca tener relaciones sexuales con cualquier mujer previo a su noche de bodas; y una vez más Mozart, inspirado posiblemente por los ideales de la Revolución Francesa, introdujo un Himno a la Libertad (Viva la Liberta!) en el primer acto de su “Don Giovanni”, un tema que no tiene que ver nada con la trama de esa ópera, en el momento que unos invitados enmascarados llegan a un banquete. Una de las tareas principales de los artistas de todas las épocas ha sido denunciar las cosas incómodas de sus tiempos (es parte de su interpretación de la realidad que los rodea), o burlarse de modas que consideran absurdas, con la esperanza de construir futuros mejores, o simplemente con la intención de poner de manifiesto las grandes contradicciones del ser humano. Otro ejemplo de otra rama artística: las pinturas de la

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Detalles de la Capilla Sixtina (i), pintada por Miguel Ángel, y de Crucifixion (Corpus Hypercubus), de Salvador Dalí. Artistas y obras disruptivas.

Capilla Sixtina, que ahora admiramos como expresión máxima de la representación del cuerpo humano (bello y con proporciones perfectas), fueron censuradas fuertemente en su época, e incluso los genitales en las figuras cubiertos, para que no se vieran. Miguel Ángel estuvo en un pulso constante con el Papa Julio II desde que presentó los primeros bocetos, e incluso la obra final fue un desafío directo a la autoridad: el Papa quería pinturas de los doce apóstoles; Miguel Ángel plasmó la Creación según el Génesis y el Juicio Final. Por cierto, no me costó nada recordar el nombre de Miguel Ángel; el de su oponente tuve que buscarlo en Wikipedia, porque la persona que alcanzó la inmortalidad fue el artista. Esa naturaleza disruptiva es otro de los valores que une a la música antigua con la moderna.

Por último, un rasgo que une a los artistas de todas las épocas, es la admiración, y por otro lado la necesidad, de emular el legado de los grandes artistas y esructuras que existieron antes que ellos. Incluso hasta el día de hoy, las formas y estructuras de la antigua Grecia siguen siendo modelos a imitar, por supuesto que con las adaptaciones respectivas. Las grandes obras cinematográficas, sin importar si la película es de vaqueros, de viajes espaciales, o de gánsters de hace un siglo, siguen el patrón de las tragedias griegas: se construye un conflicto, hay un punto en el que se soluciona, y al final hay una moraleja de la cual cada espectador puede sacar sus propias conclusiones. De hecho, la imitación es parte de la forma como operamos los seres humanos. Imitamos a nuestros padres, a nuestros maestros, a nuestros amigos o celebridades, y eventualmente otras personas nos imitarán a nosotros. Este es otro valor que une la música de todas las épocas. De hecho, podríamos considerar que nunca ha habido música realmente nueva y original. Lo original ha sido cómo los creadores han ordenados los recursos a su disposición. Dicho sea de paso: esto significa la palabra composición. Es la forma como están dispuestos los elementos dentro de un marco de referencia. Para ilustrar todo lo anterior: J.S.Bach compuso una serie de Preludios, piezas cortas para el instrumento de teclado predilecto de la primera mitad del Siglo XVIII: el clavecín. Por su parte: Claude Debussy también escribió una serie de Preludios, esta vez para el instrumento de teclado que ha asumido el puesto dejado por el clavecín: el piano; en cada uno de ellos, el compositor ha sugerido la atmósfera que deberían evocar. Escuchemos uno de los más conocidos y echemos a volar la imaginación: La Niña de los Cabellos de Lino, compuesto entre 1909 y 1910.

Hace años tuve la oportunidad de recibir clases con Peter Burkholder, un profesor estadounidense sobresaliente y gran conocedor de la historia general de la música. Su teoría es que lo que sucede con la música es similar a lo que pasa con una colección en un museo. Algunas obras son aceptadas y veneradas (¿serán estos los clásicos de todas las épocas?), y los artistas modernos están intentando ganarse un espacio entre esas obras dignas de perpetuarse. Interesante teoría, ¿no les parece? Tal vez la mejor forma de apreciar y valorar las manifestaciones modernas es buscando los puntos en común, y no los contrastes, con las grandes obras de otros tiempos, y contemplar cómo los artistas de nuestra época han tomado lo que ya existía para darle alas a su imaginación.

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